jueves, 30 de abril de 2009

BONO Y TARDÁ.











Delenda est España

La famosa locución latina Delenda est Cartago (Cartago debe ser destruída), atribuida a Catón el Viejo, que, al parecer, durante los últimos años de la guerra librada contra la potencia enemiga utilizaba cada vez que terminaba un discurso en el Senado de Roma, se puede decir que es parafraseada, «delenda est España», cada vez que un diputado representante del secesionismo antiespañol interviene en el Congreso de los Diputados, y por antonomasia, cada vez que Joan Tardá, de ERC, toma la palabra.

Ayer volvió a ser el mensaje, en un pésimo español, que se destiló de la intervención de este diputado en contra de la proposición de ley del Grupo Popular encaminada a garantizar el «derecho de no discriminación del castellano en la enseñanza».

El catalán arremetió contra todo aquello que, ya sea en los medios de comunicación, ya sea en las instituciones, representa, y nunca mejor dicho, «lo que queda de España». Especialmente hizo gala de su republicanismo accidental al «denunciar» que el Rey no hubiera aprendido ninguna lengua regional en treinta años. Y es que seguramente el Sr. Tardá debe desconocer que el Rey podría haber comenzado a estudiar alguna de esas lenguas antes de la Transición, de las que quizá haga uso en ámbitos privados, gracias a las leyes de Educación franquistas que ya promovieron las entonces llamadas «lenguas nativas» y cuyo partido no hace sino continuar.

Ahora bien, si intolerable resulta el que un sedicioso, perteneciente a un partido que representa una amenaza formal a la soberanía española, se dirija al resto de la cámara con la insolencia conocida en contra del deber que todo español, por el hecho de serlo, ha de cumplir según la Constitución, a saber, conocer el «castellano» (Título preliminar, artículo 3º), más intolerable aún resulta la complicidad pánfila del PSOE en el Gobierno que, haciendo oídos sordos a las amenazas, no sólo no impide que estas se viertan, y así el Presidente de la Cámara, don José Bono, no impidió los graves insultos hacia el Rey, sino que además, de acuerdo con estos socios, vota en contra de una proposición que no debería ni llegar a discutirse. Tan sólo Rosa Díez la apoyó.

Por eso, para enfrentarse al pacto del panfilismo con quienes quisieran ver destruida a España, no debemos caer en el victimismo que a veces denotan nuestras palabras. Para defender la lengua española no debemos solicitar el «derecho de no discriminación» del castellano, cuando, en su lugar, es la obligación de conocerlo lo que se está conscientemente impidiendo. Dejando aparte que es el español, y no el castellano, la lengua oficial común a todos los españoles. (DANAES/DiarioLiberal.com)


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